domingo, 30 de octubre de 2011

Prost!!!!

Berlín

La siguiente parada fue Alemania. Fue cuando salí a la sala principal del aeropuerto y empecé a buscar carteles que me lleven hacia la estación de tren cuando me cayó la ficha. El alemán no se parece al español. Ni al ingles. Cagamo…

El primer intercambio cultural estuvo lejos de lo esperado también:
“Hello, do you speak English?” – Le pregunto amablemente a una señora en un puesto de revistas del aeropuerto.
“Do you speak German?” – Me contesta con cara de pocos amigos.
“No… That’s why I asked… in english... right?”
“Where you want to go?”.
“Berlín… Haupbanhhauff” (estación central de tren)– que en realidad sonó a Jop Ban Hof.
“I don’t know what’s that”.

No paso mucho hasta que me di cuenta que la mayoría de la gente joven habla inglés sin problemas, pero es todo lo contrario entre los mayores. Un par de chicos en la estación me indicaron el camino y me explicaron que se dice “JaauupBaunj(flema)auf” (¿y yo que dije?). En menos de una hora ya estaba en el hostel.



Berlín es una ciudad muy particular. Los espacios son grandes. Las veredas, los parques, las platabandas y las avenidas. Los mismos edificios tienen fachadas amplias y techos altos y el hierro crudo y oscuro hace un contraste muy fuerte con el verde de los árboles. Las vías de los trenes son sombrías. Te devuelven la mirada, opaca de tanto uso, como si ellas también habrían sufrido durante esos años. La misma sensación se apodera del ambiente alrededor de los restos del Muro, que se encuentran en algunos lugares de Berlín.




A pesar de todo eso, Berlín no es una ciudad triste. La gente y los grafitis le dan mucho color. En la calle, en los vagones del tren y en los bares se puede ver todo tipo de personas: Skaters, Punks, gente con máscara de gases en los boliches, gente “chic”, mochileros, hippies, y más. La gente es muy abierta y todo tipo de sub-culturas han encontrado su lugar en la capital alemana. Berlín no juzga a nadie. O al menos esa es la sensación que me llevo de esa ciudad.


Stuttgart

El tren a Stuttgart fue mucho más fácil de encontrar una vez que aprendí a decir “JaauupBaunj(flema)auf”. Y es increíble la puntualidad de los alemanes. Solo tenía tres minutos para hacer una combinación de trenes en Munich, pero solo necesité diez segundos. El tren llego, baje, e inmediatamente llegó el otro en la plataforma del frente. Como si me hubiera estado esperando. Una utopía en nuestra tierra latina.

¿Por qué Stuttgart? Maren, una amiga alemana vive ahí y me invitó a su ciudad y la posibilidad de conocer una cultura diferente a través de una persona del lugar es mucho más especial que andar mochileando entre hostels llenos de gringos. Su familia me recibió como un hijo más, y me ayudaron a entender mucho más la cultura alemana. Para empezar las diferencias entre la gente del norte y del sur, de las grandes ciudades y de los pueblos más “artesanales”.

Tuve la suerte de que durante los días que me quedé ahí, se estaba festejando en Stuttgart el Volkfest. Una especie de Oktoberfest pero menos turístico, más local. Al principio no tenía mucho sentido. Era como un parque de diversiones pero había gente vestida de campesinos. Hombres con shorts un poco ridículos y camisas a cuadros, chicas con vestidos largos, flecos y peinados de muñecas. La gente comenzaba a tomar, obviamente cerveza, y algunos hasta ya se habían pasado de sus límites cuando recién eran las dos de la tarde.






A medida que comenzó a caer el sol, más “campesinos” comenzaron a llegar y entramos a unas cabañas de donde salía música a todo volumen. Los primeros segundos me quede quieto, tratando de entender que era lo que estaba viendo, y después no pude evitar reírme fuerte y con ganas. Ahora todo tenía sentido. La cabaña era mucho más grande de lo que parecía, unos cien metros de largo por no mucho menos de ancho, largas mesas formaban pasillos y la gente estaba parada sobre los bancos y las sillas abrazando un vaso de un litro de cerveza bailando y riéndose. Saltando, chocando vasos, saludándose, sacándose foto, cambiando de mesa. La alegría y la energía de una mesa se transmitían a la otra y era imposible no sonreír.




No había ni una sola persona seria de las miles que celebraban bajo los techos de esa cabaña. La banda tocaba temas muy simples y a veces se repetían, así que para cuando cayó la noche yo ya estaba trepado a las sillas cantando en “alemán”. No se quienes eran los que estaban al lado nuestro, en la misma mesa. Pero por unas horas eran como nuestros mejores amigos. PROOOSTT nos gritábamos cada vez que los vasos chocaban y derramaban un poco de espuma de cerveza sobre la mesa, que para ese entonces ya era un solo charco. No se como será en el Oktoberfest y en otros festivales, pero realmente me sorprendió que si bien cada uno había tenido en su mano al menos 3 o 4 vasos nadie estaba alcoholizado. No había gente en estados deplorables (no en la cabaña al menos) ni desubicados molestando. Era feliz, era sano, y era único. Una de las cosas más especiales que viví en este viaje.


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